martes, 4 de septiembre de 2007

Ahora sí que esto es septiembre

Las carreteras vuelven a ser lo que eran. Esto es, riadas de hormiguitas que, dispuestas de una en una, enfilan y ahogan cada una de las vías circulatorias de la capital y alrededores. No sería mal comienzo el propósito de dejar el coche en casa y utilizar el transporte público. Al menos aquellos con fácil acceso al mismo…

Y es que a diario vemos las carreteras atestadas de coches semivacíos, conductores dormilones que se niegan a subir a un autobús o al vagón de un tren, aún a sabiendas de que éste les proporcionará un buen ahorro económico a final de mes, una preocupación menos al no tener que soportar los temidos atascos matutinos y que a mayores, les evitará tener que buscar aparcamiento en un ligar próximo al trabajo. Por no hablar del sueñecito que uno puede degustar, si sabe recostarse en su asiento… uhhmmmm.

Pero, ¿por qué ocurren los atascos? Una sencilla solución es la ya mencionada. Miles de conductores se lanzan inconsciente e insolidariamente (bonito palabro…) a la carretera. Además, entre ellos se encuentra un espécimen denominado “listus matutinus”, más conocido por “mira ese capullo la que está armando por adelantar por donde no debe”, que al final, es el que la monta parda. Y claro, por todos es conocido el principio de Walter-Spietz que dice que, “por donde no hay sitio, no se puede pasar” o el teorema de Nigel-Strakoff, que reza algo como “por el hueco de un embudo, no se puede meter la cabeza”. O algo así…

Lo que ocurre es que muchas veces, sobre todo aquellas en las que permanecemos dentro del coche, soportando las absurdas bromas que los programas vespertinos se empeñan en gastar a aquellos que plácidamente, a ciertas horas siguen disfrutando de un cálido sueño, buscamos la razón y causa de las retenciones en la incompetencia del político de turno (Galla, Espe, Zetapé…, agarraos los machos). Que si por qué esta rotonda aquí, que si ya podían hacer un carril más acá, que si hay que joderse que mierda de semáforo…

Al final, aunque ambas vías de explicación tienen su justificación, todo se reduce al carácter que tenemos los habitantes de esta república bananera a la que adoramos tanto (unos más que otros). Y es que el españolito es de los que piensan que para que otros vayan cómodos, va él también. O que si ese adelanta por donde no debe, por qué no lo va a hacer él. Aunque nos dejemos el bolsillo en las gasolineras y el cerebro en los semáforos. País…

Besos, Zacarías el Gordo, Bergdolmo.

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