lunes, 3 de septiembre de 2007

La continuación a mi primera aportación.

Afortunadamente, el enjambre de avispas, abejas, abejorros y moscardones que habitan esta colmena y que a buen seguro escudriñaban la pantalla de mi portátil sobre mis hombros, disponen de un descanso matutino. Aprovechan para engullir grasientos manufacturados productos que pasarán a formar parte del problema que otra futura “operación tanga veraniego” intentará eliminar dentro de aproximadamente diez meses, escupidos uno tras otro por una máquina tonta, adornada con fotos de alegres señoritas que, ajenas al estrés postvacacional de las abejas más charlatanas, siguen bronceando sus moldeados cuerpos al sol de un paisaje fruto de, seguro, algún software de edición fotográfica.

Triste. Muy triste. Desgraciadamente, para ellos se entiende, se acabaron las cañitas a pie de abarrotadas playas, las frituras de pescaíto en la barra de atestados chiringuitos, adornados por los detestables "pecholobos" que deambulan por aquellos lares, los aburridos comentarios de la irreductible e indestructible suegra acerca de las desventuras de Bea, la última fea de esta televisión basura que a diario nos asalta, o las animadas discusiones con la vecina del apartamento 3º-C, centradas en descubrir si un tal Pipi, putero de profesión y caradura de afición, anda ahora clavándole el formón a alguna desdichada aristócrata o si cierta tonadillera, estrella musical venida a menos, se beneficia a un guapo polaco que le desatasque las tuberías, a cambio de una sencilla promoción del galán en programas de segunda fila. O vaya usté a saber… porque por esa calle, procuro no ir mucho. Una pena.

O alegre, según se mire. Porque escuchando lo que se llega a escuchar, a uno se le anima el corazón con sólo darse cuenta de las cosas de las que se ha librado llevando su escueto descanso estival hacia destinos rurales o simplemente desplazando éste hacia meses menos concurridos, disfrutando así de una irreal calma que asolaba Madrid durante el mes de Agosto.

Dicho lo cual, uno aterriza en el transporte público madrileño dispuesto a enfrentarse a su jornada laboral como si nada hubiera pasado. Y lo primero que descubre es que para evitar ese ajetreo vivido en los aeropuertos en pleno verano, se ha trasladado Barajas a los andenes del Metro de Madrid y Cercanías-Renfe, y las dársenas de Príncipe Pío o Avenida de América. Porque ahora los trenes no “efectúan su entrada en la estación”. Ahora aterrizan. Parece que los treneros y autobuseros han venido con ganas. Mañana, señora, le juro que me agarro a la barra en esa curva. No se me disguste. Iba yo distraído mirando los preciosos ojos de una estudiante para los exámenes de septiembre que claro, las cosas pasan.

Eso sí, según el Galla, el Metro vuela. Sí. Por los cojones.

Vuelven las abejas de recolectar polen. Habrá que dejarlo para más adelante.

Por cierto que me asombra, me encanta y me emociona descubrir que en sus menos de dos o tres horas de vida de este blog, ya cuente con un comentario. Adorada doncella Amaia, espero no decepcionarla. A buen seguro que no erais vos la portadora de unos apuntes de segundo año de ingeniería industrial. Vos planteáis un estilo difícilmente reconocible en aquella cuyos ojos eran lo único que admirar.

Besos, Zacarías el Gordo, Bergdolmo.

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